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El
extravagante término “aquelarre” significa “conciliábulo nocturno
de brujos”, con que no en balde ha sido seleccionado para denominar a éste
conjunto de obras que no por risibles y distendidas dejan de ser
medianamente siniestras dada su temática ocultista. Presenta el
esoterismo más bien a modo de crítica social, con cierta mordacidad y
crueldad moderadas, pero también está compuesta por algunas facetas
serenas que, no ya empapadas de ése aire burlesco, invitan a reflexionar.
Así pues, podemos ver en el tarot algo tan profano como a la sacerdotisa
armada con un par de consoladores y al emperador ataviado con una camisa
de fuerza y en “siete demonios”, los siete pecados capitales,
representaciones satíricas como al político encarnando la soberbia y el
dibujante la lujuria, mientras que en “seis lunas” no tenemos si no
algo tan sencillo y curioso como diferentes perspectivas de la misma luna,
dependiendo de la condición de quién la observe. Se intenta reflejar, de
forma más o menos explícita, cuán arraigado está en la sociedad el
tema del ocultismo y cómo influye en nosotros inconscientemente. Pueden
verse anécdotas rescatadas de antaño puestas a contrastar con las
actuales, pudiendo inducir con ello, por ejemplo, que varían los tiempos
pero no las mentalidades, que en cualquier caso siguen siendo esclavas de
los convenios y valores vigentes: ¿No nos parece absurdo que en la época
medieval el pueblo se basara en algo tan incoherente como el flote de un
palo para tachar de bruja a cualquier mujer? ¿Y no es menos absurdo, sin
embargo, que en determinadas ocasiones tendamos a censurar con
agresividad, comentarios impertinentes y lagrimeos, un proceso biológico
tan natural como la misma gestación...? A primera vista ambas cuestiones
no están directamente relacionadas con el esoterismo, pero, ¿a qué
vendría si no esa tremebunda obsesión por la pureza, la castidad, y todo
aquello que se aleje del pecado, el vicio y la oscuridad, con lo que tantísimo
se nos atormentó en el Románico y cuyas secuelas parecen perdurar? Una
de las síntesis de “Aquelarre” podría ser que no estaría de más
intentar expugnar el muro de la superficialidad de tanto en tanto, y eso
no se extiende sólo al tema de la religión y las supersticiones. En
“Dark Face” tenemos una serie de caricaturas que se traducen en las
versiones exacerbadas de una serie de ciudadanos bastante normales que
tras la fachada convenida ocultan una serie de tendencias más o menos excéntricas,
melancólicas y ocasionalmente incluso peligrosas. Por citar algún
ejemplo, ahí tenemos plasmados abstractamente a un maquiavélico, una
malvada empedernida y un obseso divagante, eso sí, en la vida real son a
priori muy simpáticos; aunque tampoco faltan las almas básicamente
benignas socialmente enmascaradas con un disfraz repelente. El ser humano
es tan complejo que nadie en absoluto se limita a ser lo que aparenta,
incluso puede que de ello no tenga ni un ápice, con que nunca es oportuno
ser simplistas a la hora de calificar: nada es taxativo, todo tiene
matices. Su vínculo con lo esotérico es que todos estos elementos
siniestros están representados precisamente como tales,
independientemente de su grado de proximidad con la oscuridad, aunque
ignoramos si nacieron así o son fruto de algún tipo de presión social. Claro
que entre las obras también encontramos auténticas graciosidades cuyo
propósito principal es sacar partido a la realidad y reírla, pero en
esencia tenemos varios mensajes interrelacionados respecto a cómo nos
condiciona la sociedad y especialmente uno de sus factores determinantes,
el ocultismo.
Sonia Luna |
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